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lunes, 15 de julio de 2013

Aceptando la Vida Eterna

Es curioso cómo damos vueltas y vueltas sobre la idea de muerte cuando el dolor se torna insorpotable, o en aquellos momentos de profunda depresión. Rechazamos la vida, le damos la espalda, en reacción a que ésta nos da la espalda a nosotros al no dejarnos vivir plenamente. Al vernos imposibilitados a vivir siquiera el día a día, nos ponemos en búsqueda de la muerte. La perseguimos, la añoramos y la abrazamos con el deseo de que nos lleve lejos de nuestro martirio, pensando que así pondría fin  a nuestra miseria. Sin embargo, no nos damos cuenta de que al hacerlo, estamos rechazando la salvación que nos brinda Jesús a través de su sacrificio. Como sentimos que la vida en el aquí y el ahora se nos es vedada, no aceptamos el plan de salvación de Dios que no tiene otro fin que el de la vida eterna. 

Desear la muerte no es otra cosa que rechazar a Jesús, ya que Él es la vida; el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6). Al convertirnos a Cristo, recibimos su salvación, y con ello, el regalo de la vida eterna. No hace falta experimentar la muerte para empezar a disfrutarla. Esa vida eterna que Dios nos da empieza en el mismo momento en que aceptamos a Jesús como nuestro Señor y Salvador. Es en ese preciso momento cuando empieza nuestra redención. Como nos enseña el Apóstol Pablo, Dios nos dio vida a nosotros, cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1). Pero el objetivo último de esa vida que Dios nos da es para que vivamos con nuestro Creador en el Reino de los Cielos, en el fin de los tiempos. La finalidad de la obra redentora de Dios no se basa principalmente en que podamos disfrutar de esta vida que llevamos en el aquí y ahora, en esta tierra. Sino, para que al partir de este mundo, entremos en presencia del Señor y seamos aceptados en su Reino; para habitar el lugar que Jesús mismo nos está preparando (Juan 14:2) 

Es muy fácil caer en la confusión y mezclar la salvación con el disfrute de la vida en este mundo. También con la vida presente y la eterna. Esto no quiere decir en manera alguna que a Dios no le importe lo que nos pase en este mundo. Le importa y mucho. Por algo Jesús hizo lo que hizo, dijo lo que dijo, y antes de volver al Padre, rogó para que nos proteja del mal (Juan 17:15). Pero cuando atravesamos una depresión, nos olvidamos fácilmente del verdadero propósito de la cruz. Nos focalizamos tanto en la vida presente y nuestro porvenir en este mundo, que al no salir las cosas como quisiéramos, empezamos a desear y pensar en la muerte, rechazando directamente lo que Jesús nos ofrece, la vida eterna.

Es inevitable desear la muerte cuando la angustia es intensa y constante, cuando perdemos las ganas de vivir y ya nada despierta nuestro interés. Las cosas de este mundo no nos llenan, no nos satisfacen, y menos que menos alivian nuestro dolor. Vemos y reconocemos, junto al hijo del rey David, que todo es vanidad (Eclesiastés 1:2). Todo es efímero, todo se pierde. Nada permanece. Parece que lo único que siempre va a estar durante toda la historia de la humanidad es la muerte. Pero una cosa es morir por nuestra condición de ser humano, y otra, es desearla. Desear la muerte implica negar la vida que quiere darnos Jesús, vida por la cual pagó un precio muy caro. 

En sí, el Hijo de Dios no vino al mundo para salvarnos de manera que nos vistamos con nuestras mejores ropas y estemos celebrando y disfrutando de los placeres de este mundo, confiados de que estaremos llendo de fiesta en fiesta. Jesús se entregó para que la muerte no nos alcance, mas tengamos vida eterna (Juan 3:15). Dios mandó a Jesús con el propósito de que la muerte no tenga la última palabra en nosotros, sino Su Resurrección y Su gloria. 

Cuando Pablo escribe que "a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien", no necesariamente quiere decir para esta vida, sino para la venidera. Todas las cosas que atravesemos, tanto malas y buenas, servirán para nuestra salvación eterna. Dios nos aclara en el pasaje de Isaías: "Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos (...) Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos (Isaías 55:8-9). Todo forma parte del plan redentor de Dios, bajo cuya mirada nada se le escapa. Jesús nos consuela cuando nos dice: "¿No se venden dos gorriones por una monedita? Sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin que lo permita el Padre" (Mateo 10:29). Estemos confiados de que Dios cuida de nuestras vidas. Porque como Él aclara: "Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia. Aún te edificaré, y serás edificada, oh virgen de Israel; todavía serás adornada con tus panderos, y saldrás en alegres danzas" (Jeremías 31:3-4).

Sepamos aclamar junto al Apóstol Pablo: "los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada" (Romanos 8:18). La gloria que veremos será a Dios mismo en todo su esplendor. Cuando ese momento llegue, será nuestro Padre el que enjugará todas nuestras lágrimas; y ya no habrá más muerte, ni llanto, ni dolor (Apocalipsis 21:4).







domingo, 14 de julio de 2013

La indiferencia al dolor ajeno, según Elie Wiesel


Detrás mío, escuché al mismo hombre preguntarse: "¿Dónde está Dios?" 
Y oí una voz que contestaba dentro de mí: 
"¿Que dónde está? Ahí está, colgando de esa horca."
Esa noche, la sopa sabía a cadáveres. 

         Elie Wiesel, La Noche.

Elie Wiesel (Premio Nobel de la Paz) fue internado, junto a su familia, en el campo de concentración de Auschwitz, cuando tan solo tenía 15 años de edad. En su obra La Noche, Wiesel nos cuenta cómo  tuvo que presenciar la mayor oscuridad, perversión y maldad a la que un ser humano puede llegar, destrozando así su mirada infantil y aniquilando para siempre su inocencia. 

"Nunca olvidaré el silencio nocturno que me privó, por toda la eternidad, del deseo de vivir.
Nunca olvidaré aquellos momentos que asesinaron mi Dios y mi alma, convirtiendo en polvo mis sueños."

¿Dónde estuvo Dios en Auschwitz? ¿Dónde estuvo Dios en la desesperante agonía de un chico de 15 años que perdió a su madre y hermana la misma noche en que arribó al campo de concentración? Un chico que vió con impotencia cómo su padre moría día a día. ¿Dónde estuvo Dios en medio de tanta maldad y sufrimiento?

Para Elie Wiesel, el Dios de su infancia había muerto.  Luego del horror vivido, tuvo que replantearse todo lo que había aprendido sobre Dios antes del Holocausto. Si bien, Wiesel trató de aferrarse lo más que pudo a su fe, tanta maldad y sufrimiento lo rebalsaron hasta quebrarlo moralmente por completo. Nunca dejó de dudar de la existencia de Dios, pero le fue inevitable cuestionarse una y otra vez sobre Su misericordia y amor eterno. Su  fe había quedado profundamente lastimada, y su relación con Dios, deshecha. Elie Wiesel tardó diez años en poder articular con palabras lo que había sufrido y visto en ese campo de concentración. En sus obras se evidencia su búsqueda por la verdad y un diálogo honesto con el Creador, partiendo desde la duda, el dolor, el lamento y la queja. Wiesel deja atrás al Dios acartonado y predecible, al que tomaba por sentado durante sus tiernos años de infancia, para dar lugar al misterio insondable de Dios, ese aspecto sobre el cual nunca podremos obtener respuesta alguna, pero no por ello nos impide seguir preguntando.

En ese lugar de tanta maldad manifestada en su máxima expresión, el pequeño Elie Wiesel no sólo sufrió el silencio de Dios sino también el del hombre, el de la sociedad en su conjunto. Y ésta es una de las razones por las cuales Wiesel luchó y sigue luchando por los más débiles, los oprimidos, los que sufren. Cuando viajó a Cambodia, los periodistas le preguntaron por qué estaba ahí ya que lo que había sucedido no se trataba de una tragedia judía. Wiesel simplemente respondió que cuando él necesitó que la gente viniera en su ayuda, no lo hicieron; por esa razón estaba allí.

Por haber sufrido la indiferencia en carne propia, Elie Wiesel escribe mucho al respecto para generar un ´despertar moral´ en la persona de manera que lo impulse a la acción. En una entrevista con Oprah, Wiesel describe al odio como la maldad en sí, pero sostiene que la indiferencia es lo que permite que la maldad crezca, la que le da su poder. Según sus propias palabras: "La indiferencia no es el comienzo; es el final. Y por lo tanto, indiferencia es siempre el amigo del enemigo porque se beneficia del agresor, nunca de su víctima, cuyo dolor es magnificado cuando él o ella se sienten olvidados. El prisionero político en su celda, los niños hambrientos, los refugiados sin hogar, se sienten abandonados, no por la respuesta a su súplica, no por el alivio de su soledad sino porque no ofrecerles una chispa de esperanza es como exiliarlos de la memoria humana. Y al negarles su humanidad, traicionamos nuestra propia humanidad."

En la Biblia, Jesucristo nos enseña a través de la parábola del buen samaritano a no ser indiferentes al dolor ajeno.  De hecho, cuando estamos tendiéndole una mano a alguien o acompañándolo en su dolor, también le estamos haciendo un bien a Jesús. "Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí"; "en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis."(Mateo 25) Jesús, durante todo su ministerio, siempre estuvo respondiendo al sufrimiento ajeno. Constantemente sintió compasión por la gente y actuó en consecuencia. Fue tal su empatía hacia el ser humano que permitió ser colgado de una cruz para salvarlo. 

No es nuestra indiferencia lo que mata a la persona, pero sí puede conducir a muchos a la muerte. Al haber vivido tanto horror a una edad temprana, que Elie Wiesel haya sobrevivido es, aunque él mismo lo niegue, un milagro. Su profunda necesidad de no ser indiferente a la desgracia ajena parece haber convertido su vida y obra en un canto a la vida, por la vida y para la vida.

Durante la depresión, abunda el dolor y la idea de muerte. Sin embargo, Dios mandó a Su hijo para darnos la vida. Puede que en algún momento hayamos sido abandonados por las personas, por algún ser querido; pero Dios nunca lo va  a hacer. Él nunca puede mostrarse indiferente a nuestro dolor; su esencia no se lo permite ya que Dios es la absoluta y eterna misericordia. Dios mismo nos acompaña cuando atravesamos el valle de la muerte, cargando consigo nuestro dolor y sintiéndolo en lo más profundo de su ser. Es por ello que el Rey David ora con total convicción:

"Aunque ande en valle de sombra de muerte,
No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
Tu vara y tu cayado me infundirán aliento."

- Salmos 23:4


domingo, 7 de julio de 2013

La soledad en la depresión

Varias son las razones por las cuales tendemos a aislarnos durante la depresión. Al sentirnos vulnerables, sentimos la necesidad de protegernos. Somos conscientes de que no estamos bien, de que algo nos está sucediendo. Tal vez, al principio no lo entendemos, nos sentimos confundidos, pero el dolor constante y latente nos vuelve frágiles. Poco a poco nos vamos replegando, escondiendo, tratando de buscar cobijo en la soledad, lugar en el cual nos sentimos más seguros, a resguardo. Es nuestra manera de protegernos contra el mundo y lo que nos está pasando. 

Las salidas con amigos empiezan a ser cada vez menos frecuentes. Aparte de no poseer las energías suficientes para sobrellevar tales actividades, por más mínimas que sean, sentimos miedo de terminar expuestos, evitando ser un foco de atención a raíz de nuestra enfermedad. Ya sea por vergüenza o miedo al rechazo, preferimos no compartir con los demás. lo que nos sucede. Tampoco queremos ser una carga para nadie; suficiente peso llevamos sobre nuestros hombros. Sentimos que la depresión es un gran peso de por sí para nosotros mismos, por lo que preferimos evitarles a los demás semejante molestia. Dependiendo de cómo nos sintamos en el día, rechazamos invitaciones o dejamos de participar de alguna actividad. Hay ocasiones en las cuales, incluso, somos incapaces de contestar un e-mail o un llamado telefónico. Simplemente no nos sentimos bien, estamos agotados, y no queremos arruinarle el momento a nadie con nuestro malhumor, pesimismo, o dolencia.

Nuestro círculo social se va achicando gradual o precipitadamente, dependiendo del caso de cada uno. La sociedad todavía no está bien informada sobre esta enfermedad y sus consecuencias. Por lo que a veces, los amigos o los familiares no entienden, o no se sienten capacitados para acompañarlo a uno durante la depresión, o están demasiado ocupados. Cualquiera sean las razones en los diferentes contextos, mientras sufrimos de una depresión, nos vamos sintiendo más solos e incomprendidos. Hasta podemos llegar a quedarnos completamente solos y abandonados, situación que suele agravarse con el sentimiento e idea errónea de que Dios permanece distante e indiferente a nuestro dolor.

Lo que podemos hacer en momentos así es aferrarnos a Jesús y clamar por su misericordia. Debemos recordar que Él es nuestro buen pastor, quien puso su vida por sus ovejas (San Juan 10:14-15), y es capaz de ir a buscarnos a lo más profundo del abismo para rescatarnos y llevarnos a la luz. Jesús mismo, la segunda persona del Dios triuno, nos considera y llama sus amigos. Él es nuestro amigo fiel, quien nos comprende en lo más íntimo de nuestro ser. Jesús conoce nuestra situación, y no nos abandonará jamás, ofreciéndonos constantemente su propia compañía. 

El amor de Dios no puede encasillarse, no sigue ningún método o estereotipo, sino que atraviesa todo obstáculo e interviene en toda situación con el fin de llegar hacia nosotros. Lo hace de maneras incomprensibles para nuestro pequeño entendimiento. Por ello, podemos orar confiados pidiéndole al Padre, en nombre de su Hijo Jesucristo con la asistencia del Espíritu Santo, que nos guíe a alguien que pueda acompañarnos en este trayecto y esté dispuesto a escucharnos. Alguien que pueda ser el recipiente sagrado de todo lo que llevamos dentro, nuestro dolor, dudas y desesperanzas; capaz de recibirlo con amor, respeto y compasión, y de interceder por nosotros en oración. Dios, a su tiempo, responderá a nuestra necesidad. "Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó a él, le oyó" (Salmos 22:24).








sábado, 22 de junio de 2013

La Fidelidad de Dios evidenciada en las Escrituras

"Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones" - Deuteronomio 7:9

La fidelidad es una cualidad esencial de Dios que está intrínsecamente relacionada con la verdad. Así como Dios no puede ser fiel a medias, tampoco puede mentir. Dios no puede ser fiel por momentos; o muy fiel a veces y otras no. Menos que menos, no puede ser fiel con unos e infiel con otros. En Él, la fidelidad es completa y eterna. Dios siempre se mantiene fiel a Su palabra, a lo que promete y dice, como también a Su creación.

Durante todo el Antiguo Testamento se demuestra y declara constantemente la fidelidad de Dios para con su pueblo. Fue fiel con Abraham y Sarah cuando cumplió su promesa de que les nacería un decendiente, convirtiendo a Abraham en padre de multitud de naciones (Genesis 17:4). También fue fiel con el pueblo de Israel cuando los liberó de la esclavitud que sufrían en Egipto, les dio la victoria sobre sus enemigos y los llevó a la tierra prometida. Permaneció fiel a David, a quien  le había prometido que de su linaje nacería el Mesías. Es así entonces que podemos reafirmar lo dicho por el autor del libro de Josué, "no faltó palabra de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la casa de Israel; todo se cumplió" (Josué 21:45).

Todos los que aman a Dios y siguen sus mandamientos declaran constantemente en las Escrituras sobre esta cualidad de Dios, escribiendo cánticos de alabanzas y maravillándose de ella. El Rey David siempre la menciona en sus salmos: "Fieles son todos sus mandamientos" (salmos 111:7); "De generación en generación es tu fidelidad" (119:90); "Jehová, hasta los cielos llega tu misericordia, y tu fidelidad alcanza hasta las nubes" (salmos 36:5). También el profeta Jeremías declara "Grande es tu Fidelidad" (lamentaciones 3:23). Obviamente esto no quita que los personajes descriptos en la Biblia no hayan tenido sus momentos de incertidumbre al respecto. Abundan ejemplos de cómo algunos llegaron a dudar de la fidelidad de Dios, preguntándose en repetidas ocasiones si a Dios realmente le importa, si no se olvidó de ellos o directamente los abandonó. Es el caso de Job y David, entre otros. Sin embargo, tarde o temprano buscaron vencer esas dudas y aferrarse, en consecuencia, a la fidelidad de Dios y creer en Su Palabra.

En el Nuevo Testamento, este atributo de Dios se manifiesta concretamente a través de la figura de Su Hijo. Jesús mismo es la encarnación de la fidelidad divina. Todo su ser es la expresión y muestra palpable de ello. Todo lo que dijo, hizo e incluso lo que permitió que sucediera fue para cumplir con su promesa de redención. Es por ello que durante el tiempo que habitó entre nosotros, constantemente se dedicó a sanar, enseñar, aconsejar, alentar y amar. Él varias veces lo declara: "porque así conviene que cumplamos toda justicia" (Mateo 3:15); "No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido" (Mateo 5:17-18); "Mas todo esto sucede, para que se cumplan las Escrituras de los profetas" (Mateo 26:56). Jesús se refiere con esto al plan de salvación de Dios a través de Su justicia llevada a cabo en su muerte y resurreción. 

El momento donde se demuestra con mayor claridad la fidelidad de Jesús hacia Su Padre, y en consecuencia, hacia todos nosotros, es cuando ora en Getsemaní. Allí les confiesa a sus dicípulos la intensa angustia que siente: "mi alma está muy triste, hasta la muerte" (Mateo 26:38). En ningún otro momento Jesús les declara tan abiertamente sentir tanto dolor. Sabía lo que le aguardaba, ya sentía el gran peso de semejante sacrificio. Y por ello, le ora a Dios: "Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú" (Mateo 26:39). Por más que ya sintiera un intenso dolor y angustia por lo que le esperaba y que era conciente de que sería increíblemente mucho más brutal y arrollador, Él eligió obedecer hasta el final.

Es allí, en la crucifixión y posterior resurrección de Jesús donde cada uno de nosotros experimentamos y comprobamos la fidelidad del Dios triuno en toda su magnitud. En el mísmisimo misterio pascual, Dios nos demuestra que su plan nunca fue abandonarnos y dejarnos a merced de la muerte y el pecado. Porque no es la voluntad de nuestro Padre que está en los cielos, que alguno se pierda (Mateo 18:14). Es por esta razón que el mismo Dios ha venido al mundo para salvar lo que se había perdido (Mateo 18:11). En el momento en que su único Hijo Jesús es sacrificado, Dios nos da la mayor prueba de su fidelidad. ¿Y qué más grande demostración de fidelidad hacia todos nosotros que ésta? Él mismo pagó con su propia vida nuestra desobediencia, nuestro pecado y perdición para cumplir con su promesa de salvación, cargando consigo todas nuestras dolencias y enfermedades  (Mateo 8:17). He ahí, en la cruz, nuestra principal fuente de esperanza y convicción de que Dios cumplió, cumple y seguirá cumpliendo con lo que nos prometió.

Jesús, incluso cuando llegó la hora de su Ascensión, no nos dejó solos sino que le rogó al Padre para que nos enviara otro Consolador, para que esté con nosotros para siempre. Es así que el Espíritu Santo nos acompaña en todo momento asistiéndonos en nuestras debilidades e intercediendo intensamente por nosotros (Romanos 8:26). Él es el que "convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio" (Jn 16,8). Nos enseñará y recordará todo lo que Jesús ha dicho y hecho durante su ministerio (Jn 14:26). Nos traerá a la memoria su fidelidad. 

Las Sagradas Escrituras nos demuestran una y otra vez que Dios nunca nos abandona y siempre cumple con Su Palabra. Son el testimonio de Su gran amor hacia nosotros, de un amor eterno porque Él es Fiel y Verdadero.






domingo, 26 de mayo de 2013

Abrazar la depresión

Abrazar la depresión no significa rendirse ante ella, sino dejar de luchar, de resistirse ante tal enfermedad rindiéndose uno ante Dios y su infinita misericordia. Dejar que nuestras vidas posen en sus manos, a su eterno cuidado. Reconciliarse con la depresión significa en ultima instancia materializar en nuestras vidas la oración que nos enseñó Jesús, "hágase Tu voluntad y no la nuestra". Sólo así podremos hacer las paces con nuestra enfermedad y sobrellevarla de una mejor manera. Y sólo así podremos aligerar nuestra carga al entregársela a Jesús.

Cuando atravesamos una depresión, tendemos a tirarnos muy abajo, a sentirnos rechazados y a desesperarnos, mientras buscamos hasta el agotamiento la sanación. Tendemos a recurrir a cualquier método con la intención de deshacernos de ella lo antes posible. Esto no significa que uno no debería hacer uso de las ayudas médicas, psiquiátricas y psicológicas que tanta ayuda nos pueden brindar. Pero luchar contra la depresión sólo nos lleva al desgaste, e incluso, tal vez, a  una continua  decepción. Y es así que terminamos aún más desesperados y desanimados cuando comprobamos que la sanación no llega. 

En cierta medida, esta lucha contra la enfermedad nos lleva a veces a lastimarnos. Cuando nos esforzamos demasiado, nos desgastamos. Cuando clamamos a Dios incesantemente, terminamos sintiéndonos como un disco roto y rayado. Cuando tratamos de seguir todos los pasos que nos indican en los libros de sanación, terminamos encasillando en una fórmula nuestra vida espiritual y la acción del Espíritu Santo. Y al final, en aquellos casos en los cuales la depresión no se cura, la desesperanza se vuelve aún más abrumadora, aplastándonos sin piedad y dejándonos inmovilizados. Lo único que conseguimos es intensificar nuestra ansiedad, miedos, preocupaciones, desesperanza, falta de confianza, frustración e impotencia. Quedamos atrapados en un círculo vicioso donde lo único que se repite sin falta es el conjunto de todos esos sentimientos y pensamientos negativos que hacen estragos a nuestro ser, golpeando severamente nuestra autoestima. Y lo que es más grave todavía, nuestra relación con Dios se va erosionando, sufriendo daños que nos llevan inevitablemente a alejarnos interiormente de Su presencia.

Al esforzarnos demasiado, estamos tomando el control de nuestras vidas y abordando la enfermedad a nuestra manera. En consecuencia, no le estamos dejando lugar a Dios para que obre en nosotros y a través de nosotros según Su voluntad. Por otro lado, rogarle a Dios incansablemente significa que estamos tratando de forzar Su voluntad y moldearla a nuestros deseos, viéndolo como si fuese nuestro servidor y no nuestro Dios único y Soberano. Y por último, cuando tratamos de seguir al pie de la letra todos los métodos y pasos recomendados en los libros de sanación, nos estamos olvidando que la vida y el ser humano son realidades muy complejas que no necesariamente responden a un esquema determinado. Cabe señalar que mientras cumplimos todas esas "reglas", si bien recurrimos a Dios -a través de la oración, Su Palabra, arrepentimiento, etc-, a veces podemos cometer el error de hacerlo como si fuese una pieza más del tratamiento. Como si Él fuese una máquina, y si tocamos los botones necesarios, ésta inevitablemente va a tener que responder como queramos, nos va a tener que dar lo que buscamos. Dios nunca trabaja así con sus criaturas. Recordemos cómo trató Dios con la depresión del Rey David o la de Elías. Siempre partió de una relación íntima y personal entre los dos.

Para entrar en una relación íntima con Dios y mantenerla mientras atravesamos una depresión, es importante dejar de dar vueltas sobre los mismos pensamientos que sólo nos llevan a hundirnos en la confusión. Seguir preguntándonos hasta el cansancio ¿por qué Dios lo permitió?, ¿por qué Dios no me sana?, ¿acaso no le importo?, ¿será Dios un Dios bueno?, ¿qué clase de Dios es éste que no responde a  mis ruegos y parece indiferente a mi dolor?, todas estas preguntas, si bien son válidas y Dios las honra y escucha, no nos conducen a nada. Lo único que se consigue es hacer tambalear nuestra fe y convertirnos en personas de doble ánimo, inconstantes en todos nuestros caminos (Santiago 1:8). Y sabemos que Dios no quiere esto para nosotros. Todo lo contrario, Él siempre espera que nos mantengamos firmes en la fe a pesar de la adversidad. Dios no nos abandonará jamás, sino que nos irá asistiendo a lo largo del camino. 

En la Biblia, Dios nos dice claramente: "Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos" (Isaías 55:8-9). En este pasaje, Dios nos está indicando que nunca vamos a poder conocer o entender sus "pensamientos" y "caminos"; es decir Su voluntad absoluta. En consecuencia, la única manera de salir de la confusión que nos provoca nuestra situación es  simplemente tratar de aceptarlo como podamos. Sólo con un corazón humilde, obediente y agradecido podremos lograrlo. Y en esto tenemos que ser conscientes de que estas cualidades se cultivan mediante una continua relación y comunión con el Dios triuno. Debemos pedírselas para que nos las conceda, y cuidarlas a lo largo de nuestras vidas. 

Como dijimos en un principio, aceptar la depresión significa rendirse ante Dios y Su voluntad, permitiéndonos vivir confiados de que nuestro presente y futuro está en Sus manos. Adoptar esta actitud nos ayuda a caminar sobre un suelo firme y seguro basado en Su plan divino de salvación para con su pueblo. Plan que ideó desde los inicios de la creación para liberarnos del pecado y la muerte a través de la encarnación, crucifixión y resurrección de su único Hijo Jesús.

Cristo cargó la cruz por nosotros. Ya cargó con todas nuestras dolencias y enfermedades. Ahora dependerá de nosotros si queremos dejar de aferrarnos a ellas y entregárselas confiados bajo sus pies. Él siempre estará dispuesto a cargar por nosotros nuestra depresión. A nosotros sólo nos toca esperar junto a Él, con paciencia, humildad y un corazón agradecido, el momento de nuestra sanación y liberación.

Confiemos, entonces, en Dios cuando nos declara en Su Palabra: "Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis." (Jeremías 29:11)

sábado, 25 de mayo de 2013

La importancia de Agradecer

"Dad gracias a Dios en toda situación, porque esta es su voluntad para vosotros en Cristo Jesús.."
1tesalonicenses 5:18
 
El Apóstol Pablo vivió bajo persecusión constante, fue arrestado e incluso torturado varias veces durante su ministerio. Sin embargo, esto nunca le impidió mantener una actitud de agradecimiento y alabanza hacia Dios. Es más, el agradecerle a Dios continuamente y alabarlo era lo que más pareció ayudarlo cuando atravesaba momentos muy difíciles, especialmente cuando no sabía si iba a ser crucificado. 

No por nada Pablo exhorta a los creyentes a hacer lo mismo. Mantener un corazón agradecido nos ayuda a poner nuestra atención en las cualidades bondadosas de Dios, y apreciar lo que tenemos tanto en lo mucho como en lo poco. Aunque no entendamos todo lo que ocurre a nuestro alrededor y nuestro mundo interior, saber agradecer nos ayuda a recordar el lado bueno de la vida, y más importante aún, la misericordia y fidelidad eterna del Señor. Implica necesariamente traer a la memoria aquellos hechos concretos y puntuales en los cuales reconocemos la bondad de Dios y su constante provisión.

Muchas veces nos resulta fácil caer en la trampa de mirar lo que no tenemos y quejarnos por eso. O de prestar demasiada atención a nuestro dolor y miseria, perdiendo así el foco de las cosas. Cuando nuestra mente está llena de pensamientos negativos, surge la queja. Y si persistimos en esta actitud, le vamos cerrando la puerta a la gracia de Dios. Ésto nos lleva inevitablemente a la rebelión, al pecado y a la ruina. La queja sólo nos aleja de Dios, nubla nuestro entendimiento y nos amarga el alma. Y preocuparnos siempre por lo que no tenemos nos lleva a no valorar y cuidar lo que sí poseemos. Como nos indica Pablo, caminar por esta pendiente sólo nos conducirá a la desgracia. "A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón" (Rm 1:21)

Nada de lo que tengamos o seamos es por nuestro esfuerzo, sino porque Dios nos lo dio en abundante gracia. A pesar de que no entendamos las circunstancias que estemos atravesando, o por qué Dios permite esto y aquéllo, debemos tratar de ser conscientes de que Él es Dios y nosotros no. Nosotros no somos quiénes para juzgarlo. No obstante, Dios, en su infinita paciencia y misericordia, permite  y respeta nuestras dudas, quejas o cualquier crítica que tengamos hacia Él; tal como lo hizo con su siervo amado Job. Si confiamos en Dios y somos honestos con lo que nos pasa y sentimos, Él nos irá respondiendo y seguirá bendiciendo.


Así como Pablo mantenía una actitud de agradecimiento hacia Dios a pesar de las dificultades, el Rey David también lo hacía. David, consciente del carácter omnisciente de Dios, siempre mantenía el corazón abierto hacia Él y nunca le escondía nada. "Dios, tú conoces mi insensatez, y mis pecados no te son ocultos" (Sal 69:5). Y si bien varias veces volcaba sus dudas y quejas hacia Dios, siempre lo hacía dentro de un espíritu de oración y agradecimiento, con un corazón humilde buscando sin cesar Su guía y protección. 

Además, cabe destacar que en los Salmos escritos por David generalmente se manifiesta un cambio de ánimo que va del lamento y/o queja hacia la alabanza y agradecimiento. Esto claramente nos demuestra que David se negaba a permanecer en la angustia, la duda y la desesperanza. A pesar de  haber estado atravesando momentos de intenso sufrimiento, él siempre buscó aferrarse a las buenas cualidades del Señor, eligiendo creer en la esperanza y afianzarse en la fe. De esta manera, David  experimentaba y comprobaba vez tras vez la eterna misericordia y fidelidad de Dios para los que le aman; razón por la cual nos alienta a hacer lo mismo.
 
Entrad por sus puertas con acción de gracias, y a sus atrios con alabanza dadle gracias, bendecid su nombre. Porque el Señor es bueno; para siempre es su misericordia, y su fidelidad por todas las generaciones” (Sal 100:4-5).

Expresar agradecimiento nos ayuda a recordar que Dios está en control, y a confiar en que nuestras vidas están en sus manos. Nos aleja de los temores, preocupaciones y ansiedades al traernos a consciencia lo que realmente importa, que nosotros pertenecemos a Dios y hemos sido bendecidos a través del sacrificio y resurrección de su hijo Jesucristo. Como bien nos aconseja el Apóstol Pablo:

"Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús"  - Filipenses 4:6-7

 

miércoles, 22 de mayo de 2013

Consejos Prácticos

Algunos consejos prácticos para lidear con la depresión son:

  • Leer la Biblia
Los cristianos basan su vida en la Verdad y no en las emociones. Hay que elegir confiar en la Verdad de Dios en vez de las emociones, ya que éstas pueden llegar a ser inestables especialmente si uno está sufriendo de depresión. Filipenses 4:1 nos ordena a estar firmes en el Señor, o sea en Su Palabra. Asimismo, el Apóstol San Pablo nos alienta a no conformarnos con los pensamientos y parámetros del mundo, sino a constantemente transformarnos por medio de la renovación de nuestro entendimiento (Rm 12:2). Nuestra mente debe ser moldeada por la Palabra de Dios. Con la guía de Jesús y la asistencia del Espíritu Santo, podremos entenderla e incorporarla a nuestras vidas.

  • Alabanzas
Alabar significa elogiar, celebrar, afirmar las cualidades positivas de algo o alguien. Es una manera de demostrar nuestro amor hacia Dios, de recordar sus bondades, de celebrar la salvación que nos brindó a través del sacrificio de su hijo Jesús.
Resulta muy útil recurrir en estos casos a los Salmos. Su característica universal hace que cualquier creyente de cualquier denominación, cultura y/o edad pueda identificarse con ellos. El rey David muchas veces volcó allí su profundo dolor, angustia e incluso desesperanza y crisis de fe.
Hay que entender que una alabanza no requiere del creyente una determinada postura y emoción. En casos de depresión, es muy difícil alabar a Dios. Pero lo importante aquí es la voluntad, por más que el sentimiento o pensamiento no lo acompañe en su momento. Alabar puede incluir también un clamor, un grito de angustia hacia Dios. Dios honra dichas alabanzas, como lo hizo con las del rey David, porque reconoce en ellas la honestidad de quien clama. De hecho, ya con clamar a Dios desde la duda, angustia, crisis de fe, uno ya reconoce la soberanía de Dios; lo acepta como su único salvador.

  • Escuchar música de alabanza
Esto resulta muy beneficioso para la persona que sufre de depresión, especialmente en aquellos momentos cuando se hunde en el pesimismo, la desconfianza y/o enojo hacia Dios. Sirve como un salvavidas que ayuda a apaciguar tales sentimientos e ideas, llevándolo nuevamente a recordar y aferrarse a las bondades y promesas del Señor.

  • Escribir

Volcar las ideas y sentimientos que nos aquejan a través de la escritura sirve para entender mejor la situación que uno atraviesa. A veces dar vueltas y vueltas sobre la misma idea, recuerdo o sentimiento no nos ayuda a entenderlo, procesarlo y aceptarlo. Pero cuando lo escribimos en papel, podemos darnos cuenta de cosas que nos andaban pasando. También evita que todo eso se instale en nosotros, especialmente con respecto a los pensamientos y sentimientos negativos.


No hace falta que uno lo escriba como si fuese una novela o ensayo. Pueden ser simples frases, una palabra, un pequeño párrafo. Lo importante aquí es expresarlo, sacarlo de nosotros y plasmarlo en algo material. Si son hojas lisas mejor, ya que nos dan más libertad para expresarnos, e incluso dibujar. Tener un diario íntimo sirve más todavía, ya que uno puede hacer un seguimiento de sus diferentes estados de ánimo e identificar aquellos pensamientos y sentimientos negativos que se van repitiendo con el fin de ir reemplazándolos con la Verdad de Dios.

  • Orar
Uno de los significados de la palabra ´orar´ es rogar, suplicar, pedir. Es una comunicación con Dios, una conversación que entablamos con Él. Por lo tanto, no necesariamente la oración tiene que ser algo formal, como si alguien estuviese haciendo un discurso. Dios honra más que nada las oraciones honestas y abiertas, especialmente las de un corazón contrito. Como dice el Salmista: "Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios." (Sal 51:17).
Las oraciones pueden ser tanto verbales o escritas. En los casos en que uno se siente sin fuerzas, o hundido en la desesperanza o desesperación, resulta de una gran ayuda escribir la oración. A veces nos podemos sentir tan abrumados por sentimientos y pensamientos negativos, que nos resulta imposible vocalizar siquiera una petición a Dios. En esos momentos, recurra a su diario y vaya escribiendo su oración dedicada a Dios. 
Pedir oraciones también es importante, porque a través de la intercesión de otros, uno puede recibir ayuda tanto en cosas pequeñas como grandes. También el recibir oraciones implica recibir consuelo y el apoyo indispensable de otros creyentes. 
Sigámos el consejo del Apóstol Pablo, "Orad sin cesar" (1Ts 5:17)

  • Confesar
Si bien confesar dentro del lenguaje religioso significa declarar los pecados cometidos, tanto si es dirigido a otros creyentes como a Dios mismo; también significa manifestar la verdad sobre hechos, ideas o sentimientos que antes estaban ocultos.
Compartir con otros lo que nos pasa mientras atravesamos una depresión nos ayuda a descargar nuestras penas o pensamientos. Permite que otros nos ayuden a sobrellevar la pesada carga de la depresión, y con ello, se nos hace más ligera. 
Es importante saber con quién podemos contar; discernir quién podría escucharnos. No todas las personas están capacitadas o predispuestas a escuchar nuestras penas. Muchos ya llevan sus propias cargas, por lo cual les puede resultar difícil prestar un oído a otros. En caso de no tener a nadie a quien recurrir, uno puede orar a Dios para que le provea de alguien piadoso y compasivo dispuesto a caminar a su lado. "Y Dios proveerá a todas vuestras necesidades, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús" (Flp 4:19). 

  • Consejo Pastoral y/o Psicológico
Si uno ya forma parte de una iglesia, puede recurrir a la ayuda, consejo y guía de su Pastor o de alguno de los líderes con quien se sienta más confiado. Contar con alguien cimentado en las Escrituras y con experiencia pastoral puede ser de una ayuda muy valiosa. Él o ella puede acompañarlo en esta etapa como su guía espiritual. 
También, uno debería recurrir a la asistencia psicológica de un profesional en el área. Si tiene experiencia con pacientes que sufren de depresión tanto mejor. Es importante averiguar primero sus referencias; a veces es mejor recurrir a aquéllos que son aconsejados por terceros. Hay muchos psicólogos cristianos hoy en día, por lo que esto ayudaría aún más a tratar la depresión. 


Prisioneros del desánimo



De todas las imágenes que vi sobre depresión, ésta es la que más me gustó.
Cito también una frase de la página donde la encontré:

caer está permitido, levantarse es obligatorio”.

martes, 21 de mayo de 2013

La Depresión: un camino para llegar a Dios

La depresión es una enfermedad. Sí... pero puede ser un camino que nos conduzca a Dios. Ese camino puede ser corto; otras veces, muy largo y arduo. Tal vez, puede ser un camino que dure toda la vida hasta que nos encontremos finalmente con Dios en nuestro descanso esterno. Sólo Él lo sabe. Nuestras vidas están en sus manos. No caigamos en la ansiedad y el miedo. Dios está en control.

No caminemos solos por este árido desierto. Encuentra a alguien con quien compartir una morada, un refugio, en tan desolado lugar. 


Y si preferís estar solo/a en este momento, invitálo a Jesús, que Él siempre estará contigo.