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lunes, 15 de julio de 2013

Aceptando la Vida Eterna

Es curioso cómo damos vueltas y vueltas sobre la idea de muerte cuando el dolor se torna insorpotable, o en aquellos momentos de profunda depresión. Rechazamos la vida, le damos la espalda, en reacción a que ésta nos da la espalda a nosotros al no dejarnos vivir plenamente. Al vernos imposibilitados a vivir siquiera el día a día, nos ponemos en búsqueda de la muerte. La perseguimos, la añoramos y la abrazamos con el deseo de que nos lleve lejos de nuestro martirio, pensando que así pondría fin  a nuestra miseria. Sin embargo, no nos damos cuenta de que al hacerlo, estamos rechazando la salvación que nos brinda Jesús a través de su sacrificio. Como sentimos que la vida en el aquí y el ahora se nos es vedada, no aceptamos el plan de salvación de Dios que no tiene otro fin que el de la vida eterna. 

Desear la muerte no es otra cosa que rechazar a Jesús, ya que Él es la vida; el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6). Al convertirnos a Cristo, recibimos su salvación, y con ello, el regalo de la vida eterna. No hace falta experimentar la muerte para empezar a disfrutarla. Esa vida eterna que Dios nos da empieza en el mismo momento en que aceptamos a Jesús como nuestro Señor y Salvador. Es en ese preciso momento cuando empieza nuestra redención. Como nos enseña el Apóstol Pablo, Dios nos dio vida a nosotros, cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1). Pero el objetivo último de esa vida que Dios nos da es para que vivamos con nuestro Creador en el Reino de los Cielos, en el fin de los tiempos. La finalidad de la obra redentora de Dios no se basa principalmente en que podamos disfrutar de esta vida que llevamos en el aquí y ahora, en esta tierra. Sino, para que al partir de este mundo, entremos en presencia del Señor y seamos aceptados en su Reino; para habitar el lugar que Jesús mismo nos está preparando (Juan 14:2) 

Es muy fácil caer en la confusión y mezclar la salvación con el disfrute de la vida en este mundo. También con la vida presente y la eterna. Esto no quiere decir en manera alguna que a Dios no le importe lo que nos pase en este mundo. Le importa y mucho. Por algo Jesús hizo lo que hizo, dijo lo que dijo, y antes de volver al Padre, rogó para que nos proteja del mal (Juan 17:15). Pero cuando atravesamos una depresión, nos olvidamos fácilmente del verdadero propósito de la cruz. Nos focalizamos tanto en la vida presente y nuestro porvenir en este mundo, que al no salir las cosas como quisiéramos, empezamos a desear y pensar en la muerte, rechazando directamente lo que Jesús nos ofrece, la vida eterna.

Es inevitable desear la muerte cuando la angustia es intensa y constante, cuando perdemos las ganas de vivir y ya nada despierta nuestro interés. Las cosas de este mundo no nos llenan, no nos satisfacen, y menos que menos alivian nuestro dolor. Vemos y reconocemos, junto al hijo del rey David, que todo es vanidad (Eclesiastés 1:2). Todo es efímero, todo se pierde. Nada permanece. Parece que lo único que siempre va a estar durante toda la historia de la humanidad es la muerte. Pero una cosa es morir por nuestra condición de ser humano, y otra, es desearla. Desear la muerte implica negar la vida que quiere darnos Jesús, vida por la cual pagó un precio muy caro. 

En sí, el Hijo de Dios no vino al mundo para salvarnos de manera que nos vistamos con nuestras mejores ropas y estemos celebrando y disfrutando de los placeres de este mundo, confiados de que estaremos llendo de fiesta en fiesta. Jesús se entregó para que la muerte no nos alcance, mas tengamos vida eterna (Juan 3:15). Dios mandó a Jesús con el propósito de que la muerte no tenga la última palabra en nosotros, sino Su Resurrección y Su gloria. 

Cuando Pablo escribe que "a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien", no necesariamente quiere decir para esta vida, sino para la venidera. Todas las cosas que atravesemos, tanto malas y buenas, servirán para nuestra salvación eterna. Dios nos aclara en el pasaje de Isaías: "Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos (...) Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos (Isaías 55:8-9). Todo forma parte del plan redentor de Dios, bajo cuya mirada nada se le escapa. Jesús nos consuela cuando nos dice: "¿No se venden dos gorriones por una monedita? Sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin que lo permita el Padre" (Mateo 10:29). Estemos confiados de que Dios cuida de nuestras vidas. Porque como Él aclara: "Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia. Aún te edificaré, y serás edificada, oh virgen de Israel; todavía serás adornada con tus panderos, y saldrás en alegres danzas" (Jeremías 31:3-4).

Sepamos aclamar junto al Apóstol Pablo: "los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada" (Romanos 8:18). La gloria que veremos será a Dios mismo en todo su esplendor. Cuando ese momento llegue, será nuestro Padre el que enjugará todas nuestras lágrimas; y ya no habrá más muerte, ni llanto, ni dolor (Apocalipsis 21:4).







domingo, 14 de julio de 2013

La indiferencia al dolor ajeno, según Elie Wiesel


Detrás mío, escuché al mismo hombre preguntarse: "¿Dónde está Dios?" 
Y oí una voz que contestaba dentro de mí: 
"¿Que dónde está? Ahí está, colgando de esa horca."
Esa noche, la sopa sabía a cadáveres. 

         Elie Wiesel, La Noche.

Elie Wiesel (Premio Nobel de la Paz) fue internado, junto a su familia, en el campo de concentración de Auschwitz, cuando tan solo tenía 15 años de edad. En su obra La Noche, Wiesel nos cuenta cómo  tuvo que presenciar la mayor oscuridad, perversión y maldad a la que un ser humano puede llegar, destrozando así su mirada infantil y aniquilando para siempre su inocencia. 

"Nunca olvidaré el silencio nocturno que me privó, por toda la eternidad, del deseo de vivir.
Nunca olvidaré aquellos momentos que asesinaron mi Dios y mi alma, convirtiendo en polvo mis sueños."

¿Dónde estuvo Dios en Auschwitz? ¿Dónde estuvo Dios en la desesperante agonía de un chico de 15 años que perdió a su madre y hermana la misma noche en que arribó al campo de concentración? Un chico que vió con impotencia cómo su padre moría día a día. ¿Dónde estuvo Dios en medio de tanta maldad y sufrimiento?

Para Elie Wiesel, el Dios de su infancia había muerto.  Luego del horror vivido, tuvo que replantearse todo lo que había aprendido sobre Dios antes del Holocausto. Si bien, Wiesel trató de aferrarse lo más que pudo a su fe, tanta maldad y sufrimiento lo rebalsaron hasta quebrarlo moralmente por completo. Nunca dejó de dudar de la existencia de Dios, pero le fue inevitable cuestionarse una y otra vez sobre Su misericordia y amor eterno. Su  fe había quedado profundamente lastimada, y su relación con Dios, deshecha. Elie Wiesel tardó diez años en poder articular con palabras lo que había sufrido y visto en ese campo de concentración. En sus obras se evidencia su búsqueda por la verdad y un diálogo honesto con el Creador, partiendo desde la duda, el dolor, el lamento y la queja. Wiesel deja atrás al Dios acartonado y predecible, al que tomaba por sentado durante sus tiernos años de infancia, para dar lugar al misterio insondable de Dios, ese aspecto sobre el cual nunca podremos obtener respuesta alguna, pero no por ello nos impide seguir preguntando.

En ese lugar de tanta maldad manifestada en su máxima expresión, el pequeño Elie Wiesel no sólo sufrió el silencio de Dios sino también el del hombre, el de la sociedad en su conjunto. Y ésta es una de las razones por las cuales Wiesel luchó y sigue luchando por los más débiles, los oprimidos, los que sufren. Cuando viajó a Cambodia, los periodistas le preguntaron por qué estaba ahí ya que lo que había sucedido no se trataba de una tragedia judía. Wiesel simplemente respondió que cuando él necesitó que la gente viniera en su ayuda, no lo hicieron; por esa razón estaba allí.

Por haber sufrido la indiferencia en carne propia, Elie Wiesel escribe mucho al respecto para generar un ´despertar moral´ en la persona de manera que lo impulse a la acción. En una entrevista con Oprah, Wiesel describe al odio como la maldad en sí, pero sostiene que la indiferencia es lo que permite que la maldad crezca, la que le da su poder. Según sus propias palabras: "La indiferencia no es el comienzo; es el final. Y por lo tanto, indiferencia es siempre el amigo del enemigo porque se beneficia del agresor, nunca de su víctima, cuyo dolor es magnificado cuando él o ella se sienten olvidados. El prisionero político en su celda, los niños hambrientos, los refugiados sin hogar, se sienten abandonados, no por la respuesta a su súplica, no por el alivio de su soledad sino porque no ofrecerles una chispa de esperanza es como exiliarlos de la memoria humana. Y al negarles su humanidad, traicionamos nuestra propia humanidad."

En la Biblia, Jesucristo nos enseña a través de la parábola del buen samaritano a no ser indiferentes al dolor ajeno.  De hecho, cuando estamos tendiéndole una mano a alguien o acompañándolo en su dolor, también le estamos haciendo un bien a Jesús. "Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí"; "en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis."(Mateo 25) Jesús, durante todo su ministerio, siempre estuvo respondiendo al sufrimiento ajeno. Constantemente sintió compasión por la gente y actuó en consecuencia. Fue tal su empatía hacia el ser humano que permitió ser colgado de una cruz para salvarlo. 

No es nuestra indiferencia lo que mata a la persona, pero sí puede conducir a muchos a la muerte. Al haber vivido tanto horror a una edad temprana, que Elie Wiesel haya sobrevivido es, aunque él mismo lo niegue, un milagro. Su profunda necesidad de no ser indiferente a la desgracia ajena parece haber convertido su vida y obra en un canto a la vida, por la vida y para la vida.

Durante la depresión, abunda el dolor y la idea de muerte. Sin embargo, Dios mandó a Su hijo para darnos la vida. Puede que en algún momento hayamos sido abandonados por las personas, por algún ser querido; pero Dios nunca lo va  a hacer. Él nunca puede mostrarse indiferente a nuestro dolor; su esencia no se lo permite ya que Dios es la absoluta y eterna misericordia. Dios mismo nos acompaña cuando atravesamos el valle de la muerte, cargando consigo nuestro dolor y sintiéndolo en lo más profundo de su ser. Es por ello que el Rey David ora con total convicción:

"Aunque ande en valle de sombra de muerte,
No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
Tu vara y tu cayado me infundirán aliento."

- Salmos 23:4


domingo, 7 de julio de 2013

La soledad en la depresión

Varias son las razones por las cuales tendemos a aislarnos durante la depresión. Al sentirnos vulnerables, sentimos la necesidad de protegernos. Somos conscientes de que no estamos bien, de que algo nos está sucediendo. Tal vez, al principio no lo entendemos, nos sentimos confundidos, pero el dolor constante y latente nos vuelve frágiles. Poco a poco nos vamos replegando, escondiendo, tratando de buscar cobijo en la soledad, lugar en el cual nos sentimos más seguros, a resguardo. Es nuestra manera de protegernos contra el mundo y lo que nos está pasando. 

Las salidas con amigos empiezan a ser cada vez menos frecuentes. Aparte de no poseer las energías suficientes para sobrellevar tales actividades, por más mínimas que sean, sentimos miedo de terminar expuestos, evitando ser un foco de atención a raíz de nuestra enfermedad. Ya sea por vergüenza o miedo al rechazo, preferimos no compartir con los demás. lo que nos sucede. Tampoco queremos ser una carga para nadie; suficiente peso llevamos sobre nuestros hombros. Sentimos que la depresión es un gran peso de por sí para nosotros mismos, por lo que preferimos evitarles a los demás semejante molestia. Dependiendo de cómo nos sintamos en el día, rechazamos invitaciones o dejamos de participar de alguna actividad. Hay ocasiones en las cuales, incluso, somos incapaces de contestar un e-mail o un llamado telefónico. Simplemente no nos sentimos bien, estamos agotados, y no queremos arruinarle el momento a nadie con nuestro malhumor, pesimismo, o dolencia.

Nuestro círculo social se va achicando gradual o precipitadamente, dependiendo del caso de cada uno. La sociedad todavía no está bien informada sobre esta enfermedad y sus consecuencias. Por lo que a veces, los amigos o los familiares no entienden, o no se sienten capacitados para acompañarlo a uno durante la depresión, o están demasiado ocupados. Cualquiera sean las razones en los diferentes contextos, mientras sufrimos de una depresión, nos vamos sintiendo más solos e incomprendidos. Hasta podemos llegar a quedarnos completamente solos y abandonados, situación que suele agravarse con el sentimiento e idea errónea de que Dios permanece distante e indiferente a nuestro dolor.

Lo que podemos hacer en momentos así es aferrarnos a Jesús y clamar por su misericordia. Debemos recordar que Él es nuestro buen pastor, quien puso su vida por sus ovejas (San Juan 10:14-15), y es capaz de ir a buscarnos a lo más profundo del abismo para rescatarnos y llevarnos a la luz. Jesús mismo, la segunda persona del Dios triuno, nos considera y llama sus amigos. Él es nuestro amigo fiel, quien nos comprende en lo más íntimo de nuestro ser. Jesús conoce nuestra situación, y no nos abandonará jamás, ofreciéndonos constantemente su propia compañía. 

El amor de Dios no puede encasillarse, no sigue ningún método o estereotipo, sino que atraviesa todo obstáculo e interviene en toda situación con el fin de llegar hacia nosotros. Lo hace de maneras incomprensibles para nuestro pequeño entendimiento. Por ello, podemos orar confiados pidiéndole al Padre, en nombre de su Hijo Jesucristo con la asistencia del Espíritu Santo, que nos guíe a alguien que pueda acompañarnos en este trayecto y esté dispuesto a escucharnos. Alguien que pueda ser el recipiente sagrado de todo lo que llevamos dentro, nuestro dolor, dudas y desesperanzas; capaz de recibirlo con amor, respeto y compasión, y de interceder por nosotros en oración. Dios, a su tiempo, responderá a nuestra necesidad. "Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó a él, le oyó" (Salmos 22:24).








sábado, 29 de junio de 2013

Fidelidad de Dios en la depresión

“Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes” - Salmos 27:13.

Durante una depresión, solemos dudar de las bondadosas cualidades de Dios; entre ellas, Su fidelidad Nos preguntamos si Él va a ser fiel con nosotros y nos liberará de la opresión y enfermedad que nos produce atravesar dicho estado ¿Qué significa que Dios es fiel? ¿Acaso significa que cuando muramos iremos al cielo pero durante esta vida seguiremos aplastados por dicha enfermedad? ¿Se trata, entonces, solamente de una fidelidad a nivel escatológico? ¿O podemos esperar que Dios demuestre su fidelidad actuando en hechos puntuales en nuestras vidas, como nuestra depresión? Resulta difícil comprender la fidelidad de Dios cuando experimentamos intenso dolor o una depresión por tiempo prolongado. Cuando su respuesta tarda en llegar, o ni siquiera llega, inevitablemente surgen éstas y otras muchas preguntas más, resquebrajando así lo que creíamos sobre Dios y su fidelidad.

En cierta manera, la depresión parece actuar como un obstáculo que impide nuestra comunión con Dios. Cada vez lo escuchamos menos, lo vamos sintiendo más lejos, y la calidez que solíamos sentir en nuestro interior poco a poco se va apagando, siendo ésta reemplazada por la aridez y la nada. Sentimos incluso que Su Santo Espíritu nos abandonó y Jesús mismo dejó de morar en nuestro interior ¿Puede ser esto cierto? Si recurrimos a las escrituras, la respuesta sería un rotundo no. Pero si nos basamos en nuestras propias experiencias, la respuesta sería definitivamente afirmativa ¿Cómo podemos conciliar, entonces, nuestra realidad con lo que Dios nos comunica a través de Su Palabra?

La respuesta reside en la fidelidad de Dios para con su creación. Su fidelidad es el puente que une nuestro abismo con el Reino de los Cielos; la oscuridad en la que nos encontramos con Su luz; la aridez de este desierto con la Tierra Prometida. Y esa fidelidad está encarnada en la persona de Jesús, quien nos acompaña en todo momento como un amigo que sufre con nosotros y por nosotros en silencio. Jesús permanece a nuestro lado escuchando nuestro dolor. A veces, nos brinda algún consejo, unas palabras de aliento, ya sea Él mismo a través del Espíritu Santo y las Escrituras, o través de alguien de nuestro entorno. Dependerá de nosotros en reconocerlo, recordarlo y agradecérselo. Poder hacerlo continuamente durante una depresión puede llegar a ser todo un desafío. Pero hay que saber y confiar que Dios está de nuestro lado, trabajando para nuestra salvación y redención. 

El Apóstol Pablo, alguien que sufrió muchísimo durante su ministerio, nos alienta con sus palabras: "Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados" (Romanos 8:28). "Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse" (Romanos 8:18) Dios trabaja a través de todo lo que nos sucede para que nos vayamos conformando cada vez más a imagen y semejanza de Su Hijo Jesucristo. Si nosotros continuamente nos rendimos a Él, entonces, no puede haber absolutamente nada que le impida a Dios cumplir Su propósito para nuestras vidas. "Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro" (Romanos 8:38-39)

sábado, 22 de junio de 2013

La Fidelidad de Dios evidenciada en las Escrituras

"Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones" - Deuteronomio 7:9

La fidelidad es una cualidad esencial de Dios que está intrínsecamente relacionada con la verdad. Así como Dios no puede ser fiel a medias, tampoco puede mentir. Dios no puede ser fiel por momentos; o muy fiel a veces y otras no. Menos que menos, no puede ser fiel con unos e infiel con otros. En Él, la fidelidad es completa y eterna. Dios siempre se mantiene fiel a Su palabra, a lo que promete y dice, como también a Su creación.

Durante todo el Antiguo Testamento se demuestra y declara constantemente la fidelidad de Dios para con su pueblo. Fue fiel con Abraham y Sarah cuando cumplió su promesa de que les nacería un decendiente, convirtiendo a Abraham en padre de multitud de naciones (Genesis 17:4). También fue fiel con el pueblo de Israel cuando los liberó de la esclavitud que sufrían en Egipto, les dio la victoria sobre sus enemigos y los llevó a la tierra prometida. Permaneció fiel a David, a quien  le había prometido que de su linaje nacería el Mesías. Es así entonces que podemos reafirmar lo dicho por el autor del libro de Josué, "no faltó palabra de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la casa de Israel; todo se cumplió" (Josué 21:45).

Todos los que aman a Dios y siguen sus mandamientos declaran constantemente en las Escrituras sobre esta cualidad de Dios, escribiendo cánticos de alabanzas y maravillándose de ella. El Rey David siempre la menciona en sus salmos: "Fieles son todos sus mandamientos" (salmos 111:7); "De generación en generación es tu fidelidad" (119:90); "Jehová, hasta los cielos llega tu misericordia, y tu fidelidad alcanza hasta las nubes" (salmos 36:5). También el profeta Jeremías declara "Grande es tu Fidelidad" (lamentaciones 3:23). Obviamente esto no quita que los personajes descriptos en la Biblia no hayan tenido sus momentos de incertidumbre al respecto. Abundan ejemplos de cómo algunos llegaron a dudar de la fidelidad de Dios, preguntándose en repetidas ocasiones si a Dios realmente le importa, si no se olvidó de ellos o directamente los abandonó. Es el caso de Job y David, entre otros. Sin embargo, tarde o temprano buscaron vencer esas dudas y aferrarse, en consecuencia, a la fidelidad de Dios y creer en Su Palabra.

En el Nuevo Testamento, este atributo de Dios se manifiesta concretamente a través de la figura de Su Hijo. Jesús mismo es la encarnación de la fidelidad divina. Todo su ser es la expresión y muestra palpable de ello. Todo lo que dijo, hizo e incluso lo que permitió que sucediera fue para cumplir con su promesa de redención. Es por ello que durante el tiempo que habitó entre nosotros, constantemente se dedicó a sanar, enseñar, aconsejar, alentar y amar. Él varias veces lo declara: "porque así conviene que cumplamos toda justicia" (Mateo 3:15); "No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido" (Mateo 5:17-18); "Mas todo esto sucede, para que se cumplan las Escrituras de los profetas" (Mateo 26:56). Jesús se refiere con esto al plan de salvación de Dios a través de Su justicia llevada a cabo en su muerte y resurreción. 

El momento donde se demuestra con mayor claridad la fidelidad de Jesús hacia Su Padre, y en consecuencia, hacia todos nosotros, es cuando ora en Getsemaní. Allí les confiesa a sus dicípulos la intensa angustia que siente: "mi alma está muy triste, hasta la muerte" (Mateo 26:38). En ningún otro momento Jesús les declara tan abiertamente sentir tanto dolor. Sabía lo que le aguardaba, ya sentía el gran peso de semejante sacrificio. Y por ello, le ora a Dios: "Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú" (Mateo 26:39). Por más que ya sintiera un intenso dolor y angustia por lo que le esperaba y que era conciente de que sería increíblemente mucho más brutal y arrollador, Él eligió obedecer hasta el final.

Es allí, en la crucifixión y posterior resurrección de Jesús donde cada uno de nosotros experimentamos y comprobamos la fidelidad del Dios triuno en toda su magnitud. En el mísmisimo misterio pascual, Dios nos demuestra que su plan nunca fue abandonarnos y dejarnos a merced de la muerte y el pecado. Porque no es la voluntad de nuestro Padre que está en los cielos, que alguno se pierda (Mateo 18:14). Es por esta razón que el mismo Dios ha venido al mundo para salvar lo que se había perdido (Mateo 18:11). En el momento en que su único Hijo Jesús es sacrificado, Dios nos da la mayor prueba de su fidelidad. ¿Y qué más grande demostración de fidelidad hacia todos nosotros que ésta? Él mismo pagó con su propia vida nuestra desobediencia, nuestro pecado y perdición para cumplir con su promesa de salvación, cargando consigo todas nuestras dolencias y enfermedades  (Mateo 8:17). He ahí, en la cruz, nuestra principal fuente de esperanza y convicción de que Dios cumplió, cumple y seguirá cumpliendo con lo que nos prometió.

Jesús, incluso cuando llegó la hora de su Ascensión, no nos dejó solos sino que le rogó al Padre para que nos enviara otro Consolador, para que esté con nosotros para siempre. Es así que el Espíritu Santo nos acompaña en todo momento asistiéndonos en nuestras debilidades e intercediendo intensamente por nosotros (Romanos 8:26). Él es el que "convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio" (Jn 16,8). Nos enseñará y recordará todo lo que Jesús ha dicho y hecho durante su ministerio (Jn 14:26). Nos traerá a la memoria su fidelidad. 

Las Sagradas Escrituras nos demuestran una y otra vez que Dios nunca nos abandona y siempre cumple con Su Palabra. Son el testimonio de Su gran amor hacia nosotros, de un amor eterno porque Él es Fiel y Verdadero.






lunes, 17 de junio de 2013

Dios es Fiel

Cuando atravesamos momentos de intenso sufrimiento, o caemos en la depresión, solemos dudar de la fidelidad de Dios. Dejamos de creer en sus promesas e incluso podemos llegar a pensar que nos olvidó, le somos indiferentes o ya no le importamos más.  En realidad, lo que estamos haciendo es escuchar las mentiras de Satanás, provocando con ello que nuestra fe se vaya erosionando. Y cuanto más nos dejamos influenciar por ellas, más caemos en la desesperanza y la duda. Es ahí cuando nuestra imagen de Dios se va distorsionando y el conocimiento que tenemos sobre Él se va alejando cada vez más de la verdad. Empezamos a tomar las mentiras de Satanás como verdades mientras las vamos aplicando a nuestras vidas. Pensamos que Dios ya no nos quiere, que Él no es fiel a sus promesas, que no se preocupa por nosotros y no nos quiere sanar. En otras palabras, le adjudicamos a Dios lo que hace Satanás.

La depresión y el sufrimiento suelen arrastrarnos con fuerza hacia esos lugares donde abunda la mentira. Es por ello que la lectura constante de las Sagradas Escrituras junto con la oración incesante se vuelven elementos cruciales para no caer en la trampa. Termina siendo una cuestión de vida o muerte. Si nos dejamos influenciar por las mentiras, que sería todo pensamiento negativo, nos estaríamos dejando arrastrar hacia la muerte. Y esto es lo que Satanás quiere, como bien nos enseña el Apóstol Juan, "El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir" (Jn 10:10) En cambio, si nos aferramos a la Palabra, a la Verdad, estaríamos abriéndonos camino hacia la Vida, ya que Cristo ha venido para que tengamos vida, y para que la tengamos en abundancia (Jn 10:10).  

Creer en la fidelidad de Dios nos ayuda a no caer en las mentiras. Esperar a Dios creyendo que Él es fiel a sus promesas es una manera importante de resistir al Diablo y sus deseos de muerte dirigidos hacia todos nosotros. Como nos enseña Santiago, debemos someternos a Dios y resistir al Diablo; de esa manera, él huirá de nosotros (Santiago 4:7). Es por ello que durante la depresión es crucial que nos resistamos como podamos a las mentiras que trata de hacernos creer Satanás. Debemos creerle a Dios, creer en sus Promesas, y confiar en que Él es fiel. Dios nunca abandona a su pueblo. 

Si tenemos dudas, si estamos lidiando con una mentira, entonces hagámosle caso a Dios cuando nos dice: "Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces" (Jeremías 33:3). Porque Dios es un Dios que no sólo ama la Verdad, sino que también la enseña. De hecho, la ignorancia, al llevarnos a hacer, decir, pensar y seguir cosas erróneas, es en cierta manera un pecado. El profeta Isaías bien lo dice: "Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo, porque no tuvo conocimiento"(Isaías 5:13). Como también el profeta Oseas: "Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos"(Oseas 4:6).

Como dijimos al principio, creer en la mentira conduce a la muerte. Pero creer en la verdad nos lleva a la Vida. No nos dejemos convencer por todas esas mentiras que nos invaden durante la depresión. Cuando eso pase, recurramos a La Palabra de Dios. Su Fidelidad está intrínsecamente relacionada con la Verdad. Lo que es verdadero es siempre confiable. Y Dios no puede mentir, ya que no forma parte de su naturaleza. Por esta razón, podemos confiar en que Él va a hacer exactamente lo que prometió, el ser un Dios perfectamente confiable, cuya Palabra siempre se cumple.


Dios no es hombre, para que mienta,
Ni hijo de hombre para que se arrepienta.
El dijo, ¿y no hará?
Habló, ¿y no lo ejecutará?

                                                     - Números 23:19




lunes, 3 de junio de 2013

La aceptación de la personalidad, David Seamands

Te insto a que aceptes tu personalidad y reconozcas tu temperamento. El tener la verdad en lo íntimo significa que ya no tienes que resistirte a lo que eres. Cesas en tu lucha con el temperamento como un enemigo y empiezas a aceptarlo como un don de Dios. 
Yo mismo he pasado muchos años luchando conmigo mismo, intentando ser otro, batallando con mi temperamento nervioso, tenso, sintiéndome siempre algo enojado y tratando de ser distinto. El momento crucial del cambio llegó cuando pude aceptarme tal como soy. Porque un día el Señor dijo: "¡Mira, esto es lo que tienes! No vas a ser otra clase de personalidad. Lo mejor es que te acomodes a vivir con ella y aprendas a hacer algo con ella. 
"Y, además, si tú me entregas tu yo verdadero y lo poens en mis manos -no el super-yo, que no eres-, entonces los dos nos llevaremos muy bien y podré usarte tal como eres."
El primer paso en el aprendizaje a vivir por encima de la depresión es aceptarte tal cual eres. Esto no significa que has de ser controlado por el temperamento. Después de la conversión, el Espíritu Santo ha de ser el que tiene el control. Pero el Espíritu Santo sólo puede llenar y controlar lo que tú le cedes y engregas. Aunque no puedes cambiar tu temperamento, puedes permitir que el Espíritu Santo lo controle. 
Nos apartamos de Brengle cuando estaba en una depresión profunda, y no vamos a dejarle alli, y tampoco a ti. Él dijo:

La oración no traía alivio. en realidad me parecía que había perdido el espíritu de oración y el poder de orar. Entonces me acordé de dar gracias a Dios y alabarlo, aunque no sentía el espíritu de alabanza y acción de gracias. Todo sentimiento, excepto el de un abatimiento y depresión completos, había desaparecido. Así que di gracias a Dios por la prueba, y al hacerlo empezó a transformarse en una bendición. La luz empezó a brillar, primero poco a poco, y al fin penetró a través de las tinieblas. La depresión había desaparecido y la vida era hermosa y deseable otra vez, llena de influjos de la gracia otra vez. (Hall, Portrait of a Profhet, p. 214)

¡Esto es! Brengle dijo: "Me acordé". pablo escribe a Timoteo: "Te tengo en mi memoria." Mañana por la mañana recuerda que el amor de Dios no tiene sus raíces en nuestros sentimientos, ni en tus actividades y logros, ni aun en tu amor hacia Él. Su amor tiene las raíces en su propia fidelidad. El amor firme del Señor nunca cesa; su misericordias nunca tienen fin. Son nuevas cada mañana: "Grande es tu fidelidad. Mi porción es Jehová, dice mi alama; por eso espero en él" 


- Curación para los traumas emocionales, p. 145-146, David Seamands.

miércoles, 29 de mayo de 2013

El Silencio de Dios durante la depresión

Experimentar el Silencio de Dios es de por sí difícil y doloroso. Más todavía cuando uno atraviesa una depresión. En esos momentos, en medio de tanta fragilidad y desolación, el sentir la lejanía de Dios se torna insoportable y casi imposible de sobrellevar. Caemos fácilmente en la desesperanza y desconsuelo. Los pensamientos negativos nos invaden como olas intempestuosas y la angustia se apodera de nosotros impidiéndonos pensar con claridad. Empezamos a caer en espiral hacia una oscuridad cada vez más abrumadora. Y cuanto más caemos, más quisiéramos poner fin a nuestras vidas. La idea de muerte se va intensificando al punto de convertirse en el objeto de nuestro principal anhelo. Por más que clamemos a Dios para que nos ayude a salir de ese tormento, no recibimos respuesta alguna. En consecuencia, nos desesperamos aún más, mientras que nuestra fe se va debilitando. No podemos entender por qué un Dios misericordioso permitiría que algo así nos pasara. ¿Por qué su ayuda no llega? ¿Por qué se mantiene en silencio frente a nuestro dolor?

Éstas y muchas otras preguntas se van adueñando de nuestros pensamientos, dejándonos en ocasiones extremadamente agotados. Caemos en la confusión y en la duda, en una profunda crisis de fe. A veces incluso nos dejamos llevar por el enojo. Sin reparos empezamos a cuestionar a Dios, su poder y misericordia ¿Será este Dios alguien bueno? ¿No será un sádico que se complace en vernos sufrir? ¿Acaso no tiene el poder suficiente para ayudarnos y sacarnos de esta situación?  Y cuanto más tiempo se prolongue nuestra depresión y Su silencio, más nos impacientamos. Nuestra ira se agudiza, con lo cual lo desplazamos a Dios de su rol y lo colocamos en el banquillo de los acusados. 

Sencillamente no tenemos la capacidad para tolerar el Silencio de Dios, especialmente en medio del dolor. Sin embargo, lo que sí está a nuestro alcance es la actitud que tomemos para afrontarlo. Cómo lidiemos con Dios mientras atravesamos nuestra enfermedad será la clave para evitar seguir cayendo en la desesperación y alejarnos cada vez más de Su presencia. Será parte de nuestra responsabilidad luchar contra los pensamientos y sentimientos negativos y condenatorios. Dios suplirá el resto, por que "aún en el silencio, Dios siempre actúa" (1). Dependerá de nosotros en permanecer obedientes ante Su misteriosa voluntad y permitir que siga obrando en nuestras vidas por más que, al igual que Job, no lo entendamos. 

Cuando atravesamos una depresión, suelen aflorar pensamientos o sentimientos de los cuales no eramos del todo concientes. Tal vez, incluso, recuerdos reprimidos que necesitan ser sanados.  En medio de la fragilidad y vulnerabilidad que sentimos, nos tornamos más susceptibles a todo cuanto nos rodea, especialmente a lo que nos pasa por dentro. Paradójicamente, es en medio de la oscuridad de la depresión donde surge una luz que ilumina nuestro interior mostrándonos ciertas cosas que permanecían escondidas, que nos eran ocultas. Es ahí cuando reconocemos ciertas facetas nuestras que hasta el momento tratábamos de acallar, esconder o disimular. Incluso, facetas que tratábamos de justificar. En otras palabras, la depresión nos desnuda el alma frente a Dios.

Todas esas voces, ideas, imágenes, recuerdos que van saltando como resortes desde nuestro interior hacia el exterior son cosas que Dios quiere mostrarnos. Sólo al sacarlas a relucir bajo Su luz, pueden ser sanadas, redimidas y/o perdonadas. Ahora ya la pregunta no pasa por el Silencio de Dios, sino por lo que tenemos adentro; con lo que vamos descubriendo, qué haremos al respecto ¿Nos justificaremos? ¿Nos amaparemos bajo so pretexto de que estamos enfermos? ¿trataremos de cambiarlo por nuestra cuenta? ¿le restaremos importancia? ¿O nos llevará a buscar más y más a Dios, su perdón y redención? 

Una de las cosas que el Silencio de Dios busca en nosotros es nuestro silencio, la quietud y calma en nuestro interior. Para lograrlo, primero Dios debe sacar todos esos ruidos que guardamos dentro. Ruidos que suelen exponenciarse y mostrar su verdadera naturaleza frente al sufrimiento o a Su silencio. Pueden ser ideas equivocadas, mentiras, miedo, preocupaciones, dolor, imágenes, recuerdos, traumas, enojo, dudas, y muchas otras cosas más. Por lo general, intentamos tapar todos esos ruidos con  otros ruidos, razón por la cual tendemos a desesperarnos aún más cuando sentimos que Dios no nos responde. Pero Dios sí responde, sólo que no de la manera que esperamos. Él responde a través de actos en medio de su silencio, porque sabe que sólo así puede brindarnos la posiblidad de redimirnos y sanarnos. Dios lo que quiere es ir sanando recuerdos dolorosos que fueron reprimidos, redimir ciertos aspectos de nuestro carácter e ideas que no van acorde a su Palabra, purificar sentimientos que nos conducen al pecado. Vaciarnos de todo ello para que finalmente reine la quietud en nuestro interior, de manera que pueda coexistir en nosotros el silencio de Su presencia.

A veces pareciera como si el ser humano estuviese lleno de equipos de sonido y video dentro suyo, todos a una prendidos. Viviendo en un estado así, ¿cómo podríamos pretender escuchar a Dios? ¿Acaso podríamos? Ni siquiera con un amplificador Dios lograría captar nuesta atención. Y sin embargo, cuando uno sufre de depresión, parece inevitable tener todos esos canales prendidos. Las voces, imágenes, ideas fluyen como ríos. Nos resulta imposible contener semejante inundación. Solos no podríamos, necesitamos aferrarnos a Dios y a Su palabra para lograrlo. Con el tiempo, bajo Su gracia podríamos poco a poco acallar todas esas voces que nos atormentan y tratan de poner en jaque nuestra relación con Dios. Por más que muchas veces nos sintamos sin fuerzas, sin poder levantarnos de la cama siquiera, sólo basta con un mínimo de voluntad para desear seguir buscando a Dios y obedecerle en Su palabra. Él suplirá el resto, se irá encargando de todo lo demás.

Si nos rendimos a la misteriosa voluntad de Dios, Él obrará a través de Su silencio para recrear en nosotros un silencio interior de manera que podremos percibir claramente Su voz. Podremos incluso ser llenados de Su presencia, presencia que trae quietud, calma y paz a nuestras vidas. "Es aquí cuando la búsqueda de ese silencio se convierte en virtud, porque la virtud no es mas que el trabajo esforzado en la adquisición de hábitos buenos, y el silencio es una de esas experiencias que nos ayudará a percibir con mayor nitidez la voz de Dios a cada momento" (1). Y es desde el silencio que nos moveremos hacia lo que esa voz nos indica, cumpliendo así con la voluntad del Padre para nuestras vidas.

Como una vez oró sabiamente Reinhold Niebuhr, "Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y la sabiduría para conocer la diferencia; viviendo un día a la vez, disfrutando un momento a la vez; aceptando las adversidades como un camino hacia la paz"


(1) Dios no te ha olvidado, por David Wilkerson.

sábado, 25 de mayo de 2013

La importancia de Agradecer

"Dad gracias a Dios en toda situación, porque esta es su voluntad para vosotros en Cristo Jesús.."
1tesalonicenses 5:18
 
El Apóstol Pablo vivió bajo persecusión constante, fue arrestado e incluso torturado varias veces durante su ministerio. Sin embargo, esto nunca le impidió mantener una actitud de agradecimiento y alabanza hacia Dios. Es más, el agradecerle a Dios continuamente y alabarlo era lo que más pareció ayudarlo cuando atravesaba momentos muy difíciles, especialmente cuando no sabía si iba a ser crucificado. 

No por nada Pablo exhorta a los creyentes a hacer lo mismo. Mantener un corazón agradecido nos ayuda a poner nuestra atención en las cualidades bondadosas de Dios, y apreciar lo que tenemos tanto en lo mucho como en lo poco. Aunque no entendamos todo lo que ocurre a nuestro alrededor y nuestro mundo interior, saber agradecer nos ayuda a recordar el lado bueno de la vida, y más importante aún, la misericordia y fidelidad eterna del Señor. Implica necesariamente traer a la memoria aquellos hechos concretos y puntuales en los cuales reconocemos la bondad de Dios y su constante provisión.

Muchas veces nos resulta fácil caer en la trampa de mirar lo que no tenemos y quejarnos por eso. O de prestar demasiada atención a nuestro dolor y miseria, perdiendo así el foco de las cosas. Cuando nuestra mente está llena de pensamientos negativos, surge la queja. Y si persistimos en esta actitud, le vamos cerrando la puerta a la gracia de Dios. Ésto nos lleva inevitablemente a la rebelión, al pecado y a la ruina. La queja sólo nos aleja de Dios, nubla nuestro entendimiento y nos amarga el alma. Y preocuparnos siempre por lo que no tenemos nos lleva a no valorar y cuidar lo que sí poseemos. Como nos indica Pablo, caminar por esta pendiente sólo nos conducirá a la desgracia. "A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón" (Rm 1:21)

Nada de lo que tengamos o seamos es por nuestro esfuerzo, sino porque Dios nos lo dio en abundante gracia. A pesar de que no entendamos las circunstancias que estemos atravesando, o por qué Dios permite esto y aquéllo, debemos tratar de ser conscientes de que Él es Dios y nosotros no. Nosotros no somos quiénes para juzgarlo. No obstante, Dios, en su infinita paciencia y misericordia, permite  y respeta nuestras dudas, quejas o cualquier crítica que tengamos hacia Él; tal como lo hizo con su siervo amado Job. Si confiamos en Dios y somos honestos con lo que nos pasa y sentimos, Él nos irá respondiendo y seguirá bendiciendo.


Así como Pablo mantenía una actitud de agradecimiento hacia Dios a pesar de las dificultades, el Rey David también lo hacía. David, consciente del carácter omnisciente de Dios, siempre mantenía el corazón abierto hacia Él y nunca le escondía nada. "Dios, tú conoces mi insensatez, y mis pecados no te son ocultos" (Sal 69:5). Y si bien varias veces volcaba sus dudas y quejas hacia Dios, siempre lo hacía dentro de un espíritu de oración y agradecimiento, con un corazón humilde buscando sin cesar Su guía y protección. 

Además, cabe destacar que en los Salmos escritos por David generalmente se manifiesta un cambio de ánimo que va del lamento y/o queja hacia la alabanza y agradecimiento. Esto claramente nos demuestra que David se negaba a permanecer en la angustia, la duda y la desesperanza. A pesar de  haber estado atravesando momentos de intenso sufrimiento, él siempre buscó aferrarse a las buenas cualidades del Señor, eligiendo creer en la esperanza y afianzarse en la fe. De esta manera, David  experimentaba y comprobaba vez tras vez la eterna misericordia y fidelidad de Dios para los que le aman; razón por la cual nos alienta a hacer lo mismo.
 
Entrad por sus puertas con acción de gracias, y a sus atrios con alabanza dadle gracias, bendecid su nombre. Porque el Señor es bueno; para siempre es su misericordia, y su fidelidad por todas las generaciones” (Sal 100:4-5).

Expresar agradecimiento nos ayuda a recordar que Dios está en control, y a confiar en que nuestras vidas están en sus manos. Nos aleja de los temores, preocupaciones y ansiedades al traernos a consciencia lo que realmente importa, que nosotros pertenecemos a Dios y hemos sido bendecidos a través del sacrificio y resurrección de su hijo Jesucristo. Como bien nos aconseja el Apóstol Pablo:

"Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús"  - Filipenses 4:6-7

 

martes, 21 de mayo de 2013

Elías en el Desierto

" Y él [Elías] se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres." 1 Reyes 19:4 (RVR1960) 

El nombre Elías significa "Jehová es mi Dios". Es considerado, junto con Moisés, el profeta más importante en el Antiguo Testamento. De hecho, Jesús se encuentra con ellos dos en el monte de la transfiguración (Mt 17). Elías había alcanzado en su momento una gran fama en Israel, mucho más que los demás profetas. Y sin embargo, en propias palabras del autor de la Epístola de Santiago, "Elías era un hombre de pasiones semejantes a las nuestras", alguien que podía también atravesar una crisis de fe, e incluso, caer en la depresión. 

En un principio vemos a Elías valiente, audaz y victorioso; alguien que experimenta el poder sobrenatural de Dios con facilidad y en todo momento para realizar las obras más extraordinarias. Desafió a Acab y su esposa Jezabel, detuvo la lluvia nada más y nada menos que por tres años, fue sustentado milagrosamente por un cuervo, multiplicó el aceite de una viuda pobre, resucitó a un muerto, hizo que lloviera luego de una prolongada sequía, derrotó a los profetas de Baal y Asera, hizo caer fuego del cielo. Parecía alguien invencible, lleno de la presencia de Dios.

Pero de repente, en el capítulo 19 de 1 Reyes, nos encontramos con un Elías temeroso, huyendo como un cobarde, agotado al extremo, deprimido y queriendo morir ¿Qué lo llevó a ese estado tan lamentable? ¿Cómo pudo de un instante a otro caer de un lugar tan alto a lo más bajo? ¿Qué hizo y cómo lideó con su depresión? ¿Cómo la atravesó?

Elías había pasado mucho tiempo trabajando de manera incansable para el Señor. En esa época -siglo noveno antes de Cristo- reinaba el rey Acab, quien "hizo lo malo ante los ojos de Jehová, más que todos los que reinaron antes de él" (1 R 16:30). Su esposa, Jezabel, era la hija del sacerdote y rey pagano de Sidón. Acab comenzó a servir a los ídolos de su esposa, por lo que la adoración al dios Baal se terminó generalizando en Israel. Debido a esto, el profeta Elías retó a los 450 profetas de Baal en presencia de todo el pueblo. Allí demostró que Dios era un Dios vivo y poderoso, quien mandó fuego del cielo para que se consumiera el holocausto. En contraposición, el dios Baal que aquellos profetas adoraban no dio señales de ningún tipo, avergonzándolos en gran manera. En consecuencia, todo el pueblo adoró a Jehová y creyó en Él. Elías mandó a capturar a todos los 450 profetas y los degolló en el arroyo de Cisón.

Jezabel se enteró de todo lo sucedido por medio de su esposo Acab, de manera que mandó un mensaje a Elías amenazándolo de muerte. Elías decidió huir temeroso por su vida. Fue así que terminó en el desierto deseando morirse ¿Cómo es que este gran profeta pudo contra 450 profetas de Baal pero no pudo enfrentarse contra las amenazas de la reina Jezabel?

 Elías había caído en el desánimo, en la desesperanza y desesperación. Había trabajado y orado mucho para que el pueblo se arrepintiera y se convirtiera a Jehová. Sin embargo, la reacción de Jezabel le demostró que por más obras milagrosas que hiciera, ambos reyes no cesarían en seguir idolatrando a Baal, y su mal ejemplo seguiría influenciando al pueblo de Israel. Todos sus esfuerzos parecían haber sido en vano, y sus expectativas no habían llegado a cumplirse. 

Sin siquiera consultar a Jehová, algo inusual en el profeta, decidió huir al desierto. En un principio, Elías había ido a refugiarse allí para salvar su vida. Pero luego de un día de camino, se sentó bajo un enebro y clamó a Dios para que le quite la vida. Claramente, estaba sufriendo una depresión, ese debilitante padecimiento que afecta a la persona en su totalidad impactándola negativamente a nivel espiritual, mental, emocional y físico.

Cómo Dios maneja la depresión de Elías

Dios envió a un ángel para que cuidara de las necesidades físicas de Elías, dejándolo descansar y proveyéndole de alimento. Tan sólo lo despertó para que comiera. Dios sabía que su cuerpo estaba agotado y necesitaba recuperar las energías. "Y he aquí luego un ángel le tocó, y le dijo: Levántate, come. Entonces él miró, y he aquí a su cabecera una torta cocida sobre las ascuas, y una vasija de agua; y comió y bebió, y volvió a dormirse." (1 R 19:5-6)

Luego, Elías caminó por el desierto por cuarenta días, pareciendo deambular sin rumbo fijo. Desde que huyó de las amenazas de Jezabel, Elías en ningún momento pidió consejo y ayuda a Dios, tampoco buscó refugio en Él. Sin embargo, Dios es paciente con sus criaturas y no lo abandonó en ningún momento. Todo lo contrario, Él esperó a su siervo hasta que éste pudiera abrirle su corazón y escuchar así su Palabra. 


La depresión se parece mucho al deambular sin sentido de Elías en el desierto. Uno se refugia en el sueño, sin siquiera preocuparse por comer ni beber. Se aleja de todos, adentrándose más y más en la soledad. Uno también se va alejando de Dios, dudando de que el Señor lo quiera proteger y ayudar. 

Cuando Elías finalmente llegó a Horeb, se metió en una cueva. La depresión fue llevando al profeta a aislarse cada vez más, buscando cobijo en donde no debería. De estar caminando sin rumbo por la aridez del  desierto terminó escondiéndose en la oscuridad de una cueva. Pero Dios lo acompañó durante todo ese trayecto. No lo juzgó ni lo reprochó. Él entendía la situación que su siervo estaba atravesando, y lo alentó más de una vez a pensar por qué llegó allí, qué lo llevó a terminar en ese lugar. 

Dios siempre fue muy cuidadoso y tierno en su trato con Elías. Con suavidad lo ayudó a que apartara su mirada de los problemas y su miseria, y la pusiera en Él. Dios usó preguntas para que Elías saliera de su encierro y pudiera asincerarse, confesarle qué era lo que realmente lo estaba angustiando. Es así que finalmente el profeta le respondió: "He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu pacto, han derribado tus altares, y han matado a espada a tus profetas; y sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida." (1R 19:10)

El problema de Elías era que había caído en una crisis de fe que ahondaba su desesperanza. Dudó desde un primer momento de que Dios pudiera protegerlo contra las amenazas de Jezabel. Y también dudó de la soberanía de Dios, por lo que le preocupaba ser el único profeta que había quedado en todo Israel para defender su causa. Tenía arraigado en su pensamiento la idea de que él mismo era indispensable y que oh pobre Dios no tenía quién más luchara por Él. Ignoraba la total independencia de Dios y su carácter de completo Soberano. Si bien Dios usa individuos para llevar a cabo sus planes, nunca depende de ellos para lograr sus Propósitos. 

Dios, en su eterna misericordia, comprendía el sentimiento de fracaso que sentía Elías, aunque sabía bien que venía de una concepción errónea sobre Su Persona. Se daba cuenta de que Elías había perdido la confianza, la esperanza y la fe. Por esa razón, le ordenó que saliera de la cueva, rechazando la manera en que eligió protegerse y esconderse, para mostrarle que Dios mismo debía ser su único refugio. Su invitación a encontrarse con Él serviría para corregir su limitada visión de las cosas, especialmente en relación a Su Soberanía. 

 Antes de que Elías saliera de la cueva, cuatro eventos sucedieron, de los cuales tres fueron espectaculares: "Un grande y poderoso viento que rompía los montes y quebraba las peñas (...) tras el viento un terremoto (...) y tras el terremoto un fuego (...) y tras el fuego un silbo apacible y delicado" (1R 19:12). En ninguno de los tres primeros se encontraba Jehová. Elías se percató de ello, y sólo reconoció la presencia de Dios cuando escuchó ese pequeño y delicado sonido. Fue sólo cuando oyó ese suave murmullo que Elías cubrió su rostro con su manto, en un claro acto de reverencia, y salió de la cueva. Son las almas gentiles las que se conmueven más por la ternura de la misericordia de Dios que por sus actos sobrenaturales.

Elías tenía que aprender que Dios trabaja principalmente a través de Su Palabra para traer un cambio en la vida de las personas, y no tanto en los milagros y sucesos espectaculares. Dios honra siempre Su Palabra, nunca la relega a un segundo plano. Como en el caso de Jezabel, no importaba cuántos milagros podía hacer Dios a través de Elías, ella ya rechazaba de lleno la Palabra de Dios. 

Esto demuestra la importancia y necesidad de permanecer en la Palabra, el único lugar donde podemos escuchar a Dios hablando en la quietud de nuestra alma. Es ahí donde podemos poner nuestra atención en Él y aplicar su verdad en nuestras vidas.

Una vez que Elías salió de la cueva, Dios se presentó y le hizo la misma pregunta: "¿Qué haces aquí, Elías?" (1R 19:13). Pero la respuesta del profeta siguió siendo la misma, demostrando cuán arraigados estaban sus sentimientos de rechazo y dolor; cómo seguía aferrándose a ese pensamiento equivocado para lidiar con su desilusión y supuesto fracaso. 

Dios, en cambio, le encomienda a Elías una nueva tarea haciéndole entender que Dios es Soberano, Él está en control. El esfuerzo y trabajo del profeta no había sido en vano. De hecho, Elías no estaba solo como él pensaba, sino que Dios ya se había reservado 7000 israelitas que no habían "doblado sus rodillas a Baal" (1R 19:18)

 La historia de Elías nos enseña que no es tanto en el lugar de la victoria donde descubrimos quién es verdaderamente Dios; sino que es en la soledad, cuando las cosas no salen como esperábamos y las personas nos decepcionan, cuando descubrimos la soberanía de Dios y su fidelidad para con su pueblo. Es en esos momentos cuando Su misericordia se hace más presente en nuestras vidas. Dios con Su amor y paciencia infinitas siempre nos espera a que salgamos de nuestras cuevas para colocarnos en Su presencia.

Clamando desde una depresión profunda con Hemán ezraíta el Salmo 88

Salmos 88

Reina-Valera 1960
Súplica para ser librado de la muerte 
Cántico. Salmo para los hijos de Coré. Al músico principal, para cantar sobre Mahalat. Masquil de Hemán ezraíta

Oh Jehová, Dios de mi salvación,
Día y noche clamo delante de ti.
Llegue mi oración a tu presencia;
Inclina tu oído a mi clamor.
Porque mi alma está hastiada de males,
Y mi vida cercana al Seol.
Soy contado entre los que descienden al sepulcro;
Soy como hombre sin fuerza,
Abandonado entre los muertos,
Como los pasados a espada que yacen en el sepulcro,
De quienes no te acuerdas ya,
Y que fueron arrebatados de tu mano.
Me has puesto en el hoyo profundo,
En tinieblas, en lugares profundos.
Sobre mí reposa tu ira,
Y me has afligido con todas tus ondas. Selah
Has alejado de mí mis conocidos;
Me has puesto por abominación a ellos;
Encerrado estoy, y no puedo salir.
Mis ojos enfermaron a causa de mi aflicción;
Te he llamado, oh Jehová, cada día;
He extendido a ti mis manos.
10 ¿Manifestarás tus maravillas a los muertos?
¿Se levantarán los muertos para alabarte? Selah
11 ¿Será contada en el sepulcro tu misericordia,
O tu verdad en el Abadón?
12 ¿Serán reconocidas en las tinieblas tus maravillas,
Y tu justicia en la tierra del olvido?
13 Mas yo a ti he clamado, oh Jehová,
Y de mañana mi oración se presentará delante de ti.
14 ¿Por qué, oh Jehová, desechas mi alma?
¿Por qué escondes de mí tu rostro?
15 Yo estoy afligido y menesteroso;
Desde la juventud he llevado tus terrores, he estado medroso.
16 Sobre mí han pasado tus iras,
Y me oprimen tus terrores.
17 Me han rodeado como aguas continuamente;
A una me han cercado.
18 Has alejado de mí al amigo y al compañero,
Y a mis conocidos has puesto en tinieblas. 


Este Salmo se lo considera como el más triste, desesperanzador y oscuro de todos.  Es el único en la Biblia atribuído directamente a Heman el ezraíta, hijo de Joel y nieto del profeta Samuel. Heman era visto como un hombre sabio y talentoso en la música, disponía de buena reputación por su excelente carácter y por venir de una buena familia. Sin embargo, a través de este salmo, Heman comparte con nosotros su intenso sufrimiento que atravesó desde la juventud por muchos años al punto de sentirse como un ´abandonado entre los muertos´(v5).

Cualquiera que haya sufrido de depresión crónica o la esté padeciendo, puede identificarse fácilmente con el grito de angustia y lamento del salmista. Heman describe claramente los síntomas que padece a causa de semejante enfermedad. No cesa de  clamar a Dios día y noche; una actitud muy similar a la adoptada por Job, quien a pesar de haber sufrido un prolongado sufrimiento, siguió clamando por su ayuda.
Al no recibir respuesta por largo tiempo, Heman se siente abandonado por Dios, e incluso castigado por Él. "¿Por qué, oh Jehová, desechas mi alma? ¿Por qué escondes de mí tu rostro"; "Me has puesto en el hoyo profundo"; "Sobre mí reposa tu ira, y me has afligido con todas tus ondas." Sentirse afligido y rechazado por Dios es muy común cuando uno atraviesa una depresión. Como Heman, cuando clama haber sido "puesto en un hoyo profundo, en tinieblas", uno se siente asimismo en un lugar muy oscuro del que sabe que por sí solo no puede salir. El salmista describe sin vueltas esa sensación de estar atrapado, "encerrado estoy, y no puedo salir".

El recurrir constantemente a la idea de muerte o compararse a sí mismo como un muerto en vida, es algo muy común cuando se padece la depresión. Muchas veces uno se pregunta si la vida vale la pena, y más todavía cuando uno carece de fuerzas y ganas para vivirla, sintiendose privado de poder disfrutarla. Claramente Heman sufría de depresión, ese estado que lo hace sentir a uno como "contado entre los que descienden al sepulcro; (...) como un hombre sin fuerza, abandonado entre los muertos".

Otro aspecto de esta enfermedad es el aislamiento. Heman también nos da a entender que sufrió su característica alienante cuando escribe que fue alejado de sus amigos y conocidos, quedándose solo en su sufrimiento (v8, v18). Algo parecido había experimentado Job, quien frente a tanto sufrimiento, deseó la propia muerte. En vez de recibir contención y ayuda por parte de sus amigos, algunos se alejaron, otros lo despreciaron y algunos incluso lo criticaron (Job 19:13-19).

Este salmo, en comparación con otros, parece más deprimente y desesperanzador porque carece de alguna idea o imagen que traiga esperanza. En el caso del Rey David, varios salmos escritos por él demuestran que atravesó por períodos de depresión. Si bien David también volcaba su sufrimiento, dudas, y lamentos en sus escritos, él siempre terminaba aferrándose a las cualidades bondadosas de Dios, traducidas en un canto de alabanza y agradecimiento. Lo que tiene de particular el Salmo 88 es la absoluta carencia de esto, llevándonos a suponer que Heman podía haber estado sufriendo una depresión mucho más prolongada y severa. Probablemente cuando lo escribió, estuvo en uno de sus momentos más desesperantes y angustiosos.

En muchos casos, la escritura nos ayuda a sobrevivir y a lidiar con el dolor, más todavía si lo expresamos como una oración elevada hacia Dios. Es interesante destacar que el salmo 88 no es sólo un lamento dirigido a Dios, sino también un canto de alabanza. Por que si bien hay  partes en las que Heman expresa sus quejas y dudas, reconoce en todo momento la soberanía y poder de Dios. Sus dudas no giran alrededor de esto último, sino de la voluntad de Dios y su relación para con su siervo, quien trata de mantenerse fiel a pesar de todo.

Es importante destacar que no sólo este Salmo existe sino también que se lo haya incluido en la Biblia. En sí este salmo carece de resolución alguna, pero Dios honra la petición de Heman de ser recordado en misericordia, pudiendo ser tomado como ejemplo de cómo un buen creyente también puede sufrir de una depresión severa. Y aún en medio de tanto sufrimiento, uno puede seguir clamando y buscando a Dios. 

Hay que tener en cuenta que Heman fue un hombre de Dios, talentoso y lleno de sabiduría. Su sufrimiento no se debía en nada por algo que haya hecho. El haber escrito este Salmo de manera tan honesta y abierta, con el propósito incluso de ser cantado en público, demuestra que la depresión no debe ser ignorada o escondida, sino todo lo contrario.

El Salmo 88 nos ayuda a sentirnos acompañados en esta lucha, identificándonos con los sentimientos de abandono y desolación de su autor. Nos enseña que no estamos solos en esto, que hubo muchos otros que vinieron antes que también sufrieron de la misma manera. Su caminar con Dios a través de esta enfermedad, en medio de tanta oscuridad, dolor y soledad, nos alienta a hacer lo mismo. A no bajar los brazos, a seguir esperando en el Señor y su sanación, quien nos asegura que "por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré; le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre." (Sal 91:14)


lunes, 20 de mayo de 2013

La Depresión, un mal de todos los tiempos

La depresión ya era conocida en la Antigüedad con el nombre de melancolía, término que viene del griego clásico - μέλας, "negro" y χολή, "bilis". Hipócrates (460 a.C.-370 a.C.) la definía como una grave dolencia caracterizada por una intensa tristeza. Según sus escritos, "el miedo y la tristeza, cuando duran mucho tiempo, constituyen una afección melancólica". Pero fue recién en el año 1725, cuando Sir Richard Blackmore define a dicha condición con el término actual de depresión; término que viene del latín depressio y significa "opresión", "encogimiento" o "abatimiento".

En la actualidad, se calcula que unas 350 millones de personas en el mundo sufren esta enfermedad. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, los trastornos depresivos unipolares ocuparon el tercer lugar en la causa de carga global de enfermedad en 2004 y llegarán al primer lugar en 2030. Además, se estima que será la segunda causa principal de muerte para el 2020.

Desde 1992 se ha venido commemorando el Día Mundial de la Salud Mental. Para su 20º aniversario, el 10 de Octubre de 2012, se eligió como tema central la Depresión y se distribuyó un material educativo al respecto que podés bajar en el siguiente link. 

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